Allí estaban mis chicos muy entretenidos con un juguete que vieron momentos antes, cuando nos dirgíamos a la sección de ropa infantil. ¡Te imaginarás qué alivio fue encontrarlos! 
“Al regresar ellos, acabada la fiesta, se quedó el niño Jesús en Jerusalén, sin que lo supiesen José y su madre.” (Lucas 2:43).
—¿Dónde está Jesús?—preguntó María.
—No lo he visto. Estará con los chicos de los vecinos, —contestó José.
— ¿Sabes lo importante que este primer viaje a Jerusalén es para él? Estaba impresionado. Ya ansío que nos cuente su experiencia. ¿Dónde estará?
María no se alarmó. Pero… al llegar la noche extrañó sus manos ayudadoras. Entonces se intranquilizó:
—¡Oh, no! ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde se quedó?
¿Cómo reaccionarías si se te pierde tu hijo? ¿Qué acongojado grito rebasaría tu pecho?
A través de los siglos muchos le han buscado. Al nacer, los sabios le buscaron para adorarle, Herodes le buscó para matarle. En su ministerio terrenal multitudes buscaron sanidad física; otros, perdón y sanidad espiritual. Unos le reconocieron como el Hijo de Dios; otros lo burlaron y escupieron.
Hoy, muchos se preguntan: ¿Dónde está Jesús? A diario millones pierden lo más precioso de vista: a Cristo, su Salvador. Sumergidos en los negocios de esta vida, lo pierden. Los afanes y compromisos encadenan y les privan de su preciosa compañía. En su noche gritan aterrorizados: “¡¿Dónde está Jesús?!”
Por no apreciársele, por no tener tiempo para comulgar con él, dejaron atrás a Cristo.
¿Qué ocupó tu vida? ¿Qué cosa, situación o persona tomó prioridad? ¿Qué te hizo perderlo de vista? Lo que pareciera una indulgencia momentánea puede costar muchos días de inquietud, ansiedad, angustia y desesperación viéndonos privados de su compañía.
Si José y María hubiesen fortalecido su ánimo en Dios por la meditación y la oración, podrían haberse dado cuenta del carácter sagrado de su cometido, y no habrían perdido de vista a Jesús. Por la negligencia de un día perdieron de vista al Salvador; pero el hallarle les costó tres días de ansiosa búsqueda. Por la conversación ociosa, la maledicencia o el descuido de la oración, podemos en un día perder la presencia del Salvador, y pueden requerirse muchos días de pesarosa búsqueda para hallarle, y recobrar la paz que habíamos perdido… Cuando nos dejamos absorber por las cosas mundanales de tal manera que no nos acordamos de aquel en quien se concentra nuestra esperanza de vida eterna, nos separamos de Jesús y los ángeles celestiales. Estos seres santos no pueden permanecer donde no se desea la presencia del Salvador ni se nota su ausencia— (Cita original-DTG, 62).
A través del Espíritu Santo Cristo prometió estar con nosotros cada día. Tómate una taza de té con Jesús hoy. Retén tu comunión con el cielo en oración y estudio de su Palabra. No permitas que nada ni nadie oculte a Cristo de tu vista ni lo aleje siquiera un momento.
Mi oración:
Padre celestial, gracias por amarme y dar a Cristo para salvarme. Anhelo tu presencia y dirección. Lléname de tu Santo Espíritu y vive tu vida en mí.
COMPARTE en tu comentario: ¿Has perdido a Cristo en algún momento? ¿Has experimentado la necesidad de Cristo en tu vida? ¿Cuál es tu consejo para mantenerte conectado a Él? ¿Cómo logras balancear tu vida para permanecer en su presencia?
Suscríbete: No pierdas ningún número de esta serie especialmente para ti, amiga. Si hoy has recibido bendición, inspiración o motivación, suscríbete a nuestra página, y comparte esta entrada con todas tus amigas, y también en las redes sociales, para que reciban bendición. Además, te invito a dejar tus comentarios más abajo.
Nota: Para una presentación en tu iglesia, grupo o evento especial, contáctanos aquí.
Hasta pronto, si Dios permite.

Creo que el secreto de mantenerme conectado a Cristo ha sido haber, tenido una abuela que desde pequeña me enseñó lo maravilloso de tener una buena relación diaria con Dios. Hacer el culto familiar y tener el deseo de que mis hijos vean mi ejemplo y hagan en el futuro lo mismo. Bendiciones mil!!
Amén por esas personas que nos enseñan a amar a Dios y a tener una relación personal con él. Dios te bendiga, Celeste.