Una mujer de oración no está exenta de problemas, pero sí de ansiedad. Aun entre barrotes vive libre en Jesús.
Frágil físicamente, es una fortaleza espiritual. Sufre tristezas, pero nunca depresión.
Aunque pequeño y limitado su entorno, su influencia desconoce fronteras.
Aunque ocupada, siempre está lista para elevar con el necesitado el vuelo al trono de la gracia.
Tropieza, cae, pero la levanta Cristo. No vive de pie, labora de rodillas.
Habla palabras a tiempo, siempre sazonadas con la gracia celestial.
La oscuridad no la amedrenta. La luz del Espíritu Santo dirige su mente y guía sus pasos. Anda por fe, no por vista.
Una mujer de oración no es impulsiva. Escucha, observa, calla, reflexiona y habla con Dios.
Es inflexible en su compromiso con el Señor; pero en manos del Alfarero celestial, es barro moldeable.
No se rinde ante las modas. Está vestida del amor a Dios, adornada por un espíritu apacible.
No rebaja sus principios por un plato de lentejas. Rinde homenaje a Dios y se postra ante el estrado de sus pies.
No se goza en la injusticia. Su indignación la escucha el Juez de toda la tierra.
No pone delante de sus ojos cosa injusta; contempla por fe al Invisible.
Una mujer de oración cuida lo que escucha. Prefiere el silencio al bullicio para discernir la voz de su Creador.
No permite cuentos ni chismes. Es tumba y confidente, pues Jehová guarda la puerta de sus labios.
No exige recompensa por su labor; su vista está fija en el galardón celestial.
No busca reconocimiento humano; su sueño es que Dios cumpla su propósito en ella.
No la seducen los halagos; anhela escuchar de labios del Salvador: “Bien, buen sierva y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor”.
Una mujer de oración se guarda de sus compañeros, y en ningún hermano tiene su confianza; pero en la misericordia de Jehová confía eternamente y para siempre.
Feliz entona el cántico que aprendió en medio de su prueba en comunión con Dios; pues Jehová es su fortaleza y su canción.
Sin recursos humanos, siempre tiene qué compartir con el menesteroso, pues el fruto del Espíritu es abundante en su vida.
Podrá el enemigo atacar su cuerpo con la enfermedad, pero Cristo es el restaurador de su alma, y por sus heridas su alma permanece sana para siempre. No se aferra al pasado, tiene una esperanza viva, cuyo nombre es Jesús.
Una mujer de oración sabe amar sin ser correspondida, porque es amada por Dios. Canta, alaba y adora al que vive por siempre. Él es el dueño de su corazón.
No conoce enemigos, porque Jehová pelea sus batallas. Perdona porque ha sido perdonada.
Es hermosa pues su corazón es puro, sin envidias, sin resentimiento, sin amarguras, ni rencor.
Con asombrosa sencillez y autoridad celestial transmite lo que le es enseñado a los pies de Jesús.
Tiene paz, no por falta de conflictos, sino porque su confianza está cimentada en la roca de los siglos.
Los desafíos no la derriban; la llevan a sus rodillas.
No se deja vencer por el mal, vive rendida ante la cruz. No la amedrenta la prueba, agradece porque el fuego purifica el oro.
Una mujer de oración no camina sola. Ella camina junto a El Ángel de Jehová.
Agradece la respuesta antes de recibirla, por cuanto ha gustado la fidelidad de Dios. Por cuanto se deleita en Jehová, Dios le concede las peticiones de su corazón.
Cuando ella entra en la cámara secreta de audiencia celestial el enemigo tiembla. Aunque la tierra sea removida y se traspasen los montes al corazón de la mar, ella permanece en quietud, conociendo que Jehová es Dios. Su seguro refugio es el Dios de Jacob.
Cual vasija vacía, a diario pide ser llena de la gracia del Espíritu Santo.
Nada le falta. Dios suple todo cuanto necesita para hacer la obra asignada.
Una mujer de oración vive en constante VICTORIA porque VICTORIA se escribe con oración.© Rhodi Alers de López