¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos! Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová; Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo. Salmo 84:1-2.
Incontenible anhelo
¿Alguna vez se te ha hecho imposible estar reunido personalmente en el edificio de la Iglesia por alguna enfermedad o por algún otro motivo de peso? ¿Has extrañado la experiencia de la adoración corporativa?
Para los israelitas no era una experiencia ordinaria, sino una experiencia sumamente especial llegar a la casa de Dios y adorar allí junto a otros de su misma fe. Eran pocas las veces que en un año podían acudir al templo. En el Salmo 84, el salmista expresa su ardiente, fervoroso e incontenible deseo de estar en la casa de Dios.

Amabilidad sin límites
“¡Cuán amables son tus moradas!” —Hay una experiencia positiva muy deseada en la vida del salmista. ¿Te sientes tú rodeado de la amabilidad divina cuando vas a su templo? ¿O la disfrutas únicamente en la soledad, en tus momentos privados con Dios? ¿Has meditado en la parte que, como creyente, te corresponde hacer para fomentar un ambiente de amabilidad en la casa de Dios para todo el que allí se allega, indistintamente de su posición, conocimiento, experiencia en la fe o la falta de ella? ¿Pueden decir los que a tu congregación asistieron: “Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos”?
Los atrios de Jehová
¿Qué significa para tu vida poder asistir a los atrios de Jehová? ¿Cómo impacta ello tu relación con Dios, con otros creyentes, y con quienes aún no le han conocido? ¿Dice tu comportamiento allí que reconoces que éstos son los atrios de Jehová? ¿Qué cambiarías en tu actitud o comportamiento con tal de transmitir a todos que éste es un lugar apartado para un encuentro con el Creador del universo, para que todo el que a Él se acerque sea vivificado en su presencia, y no un lugar de reunión social para propósitos egoístas ni seculares?

Alabanza verdadera
Es el humilde reconocimiento de que el lugar de encuentro son los atrios de Jehová lo que despierta en el creyente ese deseo incontenible de llegar a su presencia para disfrutar la amabilidad ilimitada de Dios. De su corazón brotan melodías inspiradas por el Espíritu Santo, que Dios acepta como verdadera alabanza, porque en espíritu alma y cuerpo se está en comunión con el único Dios verdadero, que lo lleva a exclamar: “¡Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo!”
¿Cuándo fue la última vez que te identificaste así con el salmista?
Mi oración:
Padre, Creador del cielo y de la tierra, obra en mí para que pueda conocerte más profundamente, de manera que al acercarme a tus atrios, pueda alabarte inteligentemente. En el nombre de Jesús, Amén. ©Rhodi Alers de López, 2021

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