Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado, y los ojos que me veían me daban testimonio,
Job 29:11
Job se encontraba en medio de una situación desoladora. Había perdido:
- Sus bueyes y sus asnas robados
- Mataron a sus criados a filo de espada.
- Sus ovejas y sus pastores perecieron cuando un fuego descendió del cielo.
- Sus camellos fueron atacados inesperadamente y hurtados; los siervos muertos.
- Sus diez hijos perecieron en un solo día en un aparente tornado.
- Su salud desapareció.
- El apoyo de su esposa se esfumó.
- La confianza de sus amigos se tornó en acusaciones.

El capítulo 29 de Job nos describe que en medio de su angustia y profundo dolor Job meditó en lo que Dios había hecho por él. Aunque ahora se hallaba en el valle de la desolación, recordó que Dios lo había llevado antes al pináculo de la montaña. Apreció la bondad y la misericordia divina cuando enumeró sus bendiciones, entre ellas:
- Protección divina
- Iluminación celestial
- Compañía de Dios
- Numerosa familia carnal
- Abundancia y prosperidad material
- Respeto como abogado y juez
- Admiración de parte de jóvenes y ancianos
- Honra y fortaleza
- Atención a sus palabras
- Liderazgo eficiente
Su testimonio bien puede resumirse en ésta declaración: Los oídos que me oían me llamaban bienaventurado, y los ojos que me veían me daban testimonio, (Job 29:11).
¿Estás viviendo momentos de aflicción y duras pruebas? Bien dijo el salmista: Meditaré en todas tus obras, Y hablaré de tus hechos ( Salmos 77:12). En medio de las adversidades conviene recordar las bendiciones divinas. Siendo que Dios no cambia podemos confiar en su fidelidad y recibir aliento a pesar del presente momento incierto. Recuerda lo que Dios hizo por ti y espera en su gracia la bendición de Jehová.
Oremos
Padre bueno, conocí tu bendición. Gracias porque tú eres el mismo hoy que ayer, y puedo esperar confiado que veré tu gracia, para gloria del Padre celestial. En el nombre de Jesús, Amén. ©Rhodi Alers de López, 2022

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