Una mujer viuda, creyente, estaba en serios problemas. Explicó al profeta su caso: El acreedor llegó para llevarse dos hijos como esclavos.
Lo que no tenía
Ella no tenía esposo, ni recursos, ni sustento; no tenía familia cercana que le ayudara, excepto sus hijos. Cuando peor estamos, aparece una prueba mayor: El acreedor no espera por nadie, no acepta explicaciones, ni se inmuta ante el dolor ajeno, puesto que él mismo es el causante. El enemigo viene a destruir, a quitar lo que Dios te dio, el gozo, la paz, la salud y tu familia…
El esposo era siervo de Dios
El sacerdocio espiritual se ejerció debidamente. Un hombre temeroso de Dios es ejemplo y bendición a su familia. La madre enseñó a sus hijos el temor de Jehová. No obstante, la tragedia invadió su hogar. Dejó dolor, soledad, escasez, necesidad y gran incertidumbre. La perspectiva de perder dos hijos era más de lo que su oído podía escuchar o su alma soportar. Entonces… clamó. El profeta, solícito atendió su clamor.
Lo que tú y yo tenemos en casa le importa a Dios.
Y Eliseo le dijo: ¿Qué te haré yo? Declárame qué tienes en casa. Y ella dijo: Tu sierva ninguna cosa tiene en casa, sino una vasija de aceite (2 Reyes 4:2).
— ¿Qué tienes en casa?
— Tu sierva ninguna cosa tiene en casa sino una vasija de aceite.

¿Se llevó el acreedor tu gozo, tu paz, tus sueños, tu salud o tu familia?
Hoy, Cristo nos invita a reflexionar en algo de suma importancia. Su pregunta es: ¿Qué tienes en tu casa?
Mi oración:
Padre celestial: Examina mi corazón y muéstrame la verdad. Dime qué debo guardar y qué debo dejar ir. Haz tú la obra que te propones hacer en mi hogar interior; y salva a mis hijos, mi familia y aquellos a quienes anhelo ver en el cielo. En el nombre de Jesús, Amén. ©Rhodi Alers de López, 2020

Amén!!!