Me hallaba absorta en mi estudio, cuando de pronto, me detuve y miré a mi celular:
—“Mamá falleció hoy…”, —decía la noticia.
No puedo explicar lo que sentí. La nota no se refería a mi madre, sino a otra valiente y esforzada guerrera de oración. Descansó en sábado. Dios cumplió en ella su propósito y dejó un legado digno de imitar. Alabamos a Dios por ello.
A todos nos aconsejó tiernamente, como una buena madre suele hacerlo. Era mi hermana en Cristo, mi amiga, compañera de oración. ¡Cuántas veces estuvimos únicamente las dos en la línea, orando por el propósito divino para el Ministerio, para nuestras vidas, y el de nuestras familias!

¡Por años oró y nos motivó a orar por sus hijas! Dios le concedió el anhelo de su corazón y la alegría de verlas regresar. Volvieron al redil sus ovejas… menos una. Por esa hija nos unimos todos los integrantes en oración constante. Pasaron años de lágrimas y ruegos… La hija, por decisión propia, alejada totalmente del núcleo familiar, endureció su corazón. El consejo divino dice:
“Entre tanto que se dice:
Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación” –Hebreos 3:15.
Esta madre enfermó severamente. Aun así sólo aumentó su deseo y su ruego a Dios para que la oveja descarriada regresara a casa. Con lágrimas y ruegos oramos para que al menos se comunicara con su débil madre. No sucedió. Llegó la hora final. El tiempo se acabó. Su madre descansó en Cristo sin escuchar la voz de su hija, ni recibir noticia suya alguna. Me parte el corazón pensar en cuánto sufrió su tierno corazón de madre. ¿Qué lleva a un hijo a endurecer su corazón de manera tal que rechace la tierna solicitud de su madre? ¿Cómo mira Dios esa actitud? ¡Oh, Señor, ten misericordia e inquieta su corazón, para que se arrepienta y regrese a tus caminos, y a la armonía familiar!
Lo importante es: ¿Dónde estás tú hoy, amigo, amiga? ¿Aceptaste la invitación de Dios para venir a su presencia arrepentido? ¿Acaso no le oyes llamar? La hora final llegará sin antes anunciarse. La gracia de Dios puede terminar en cualquier momento. No permitas que la hora final te encuentre lejos de la presencia de Dios, el Padre. Responde hoy mismo a su llamado.
Oh, Señor, tú que ves cada corazón y conoces su lucha individual, sigue tocando a la puerta de aquellos por quienes, con amor, suplicamos. Inquiétalos, que no llegue su hora final sin antes tener un encuentro contigo, es nuestro ruego. Ten misericordia de cada padre, madre, familiar y amigo que clama por la salvación de aquellos a quienes ama. Tú conoces bien su ferviente anhelo y solo tú puedes fortalecerlos en su perseverante ruego por la salvación de los que hoy están endurecidos, perdidos en su orgullo y en su vana manera de vivir. A aquellos intercesores, que ya descansan en ti sin ver tu respuesta, concédeles que al sonar la trompeta final, sus amados estén allí como ovejas que respondieron al llamado de su pastor. En el nombre de Jesús lo agradecemos desde ahora, Amén. ©Rhodi Alers de López, 2022

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